Mis primeras 3 semanas en Tailandia

No soy una persona de fe, pero me considero espiritual y agnóstica, por lo que tengo la mente abierta a la posibilidad de algún día creer en algo. Dicho esto, el budismo es la religión que siempre me ha resultado más atractiva, al menos muchos de sus aspectos, por lo que cuando decidí iniciar el viaje, lo primero que busqué fue un centro donde aprender acerca del budismo y la meditación, con el fin de entender mejor la cultura tailandesa.

 

Y me he llevado una decepción. Siempre vi el budismo como una religión igualitaria, justa y basada en la compasión, pero resulta que es, como muchas, sexista. Las bikhunis están sometidas a los monjes, no tienen los mismos derechos y, por lo visto, a nivel social, Tailandia es igual. Nunca lo habría dicho… Si bien es cierto que enterarme de esta realidad fue como un cubo de agua fría, disfruté mucho de mi estancia en el centro y de todo lo que aprendí en él.

 

Mi primer día fue muy tranquilo, justo llegué y se fue una de las voluntarias, no había mucho trabajo así que pasé un día relajado. Lo cierto es que lo necesitaba después de tantas horas de avión y del estrés de la anulación y cambios en mis vuelos a última hora. Ese día llovió por la noche y, por tanto, no hubo chanting (oraciones + meditación). Siempre que llovía con fuerza se anulaba y las monjas rezaban y meditaban en sus habitaciones.

Al día siguiente llegó Claudia, una brasileña con quien conecté desde el primer momento e hizo de la estancia un lugar más familiar. Aquí empezó el trabajo, pero trabajo de verdad. Se suponía que teníamos que ayudar en la limpieza y poco más, pero estaban terminando unas obras para una celebración que iba a tener lugar el 20 de octubre, a la que asistirían más de 400 personas, y estaban todas super emocionadas, a la vez que algo preocupadas, por tenerlo todo listo.

 

Así que pinté, arranqué malas hierbas, planté, puse césped, piqué piedra (literalmente) para poner unas mini vigas, etc, etc. El calor era intenso y el trabajo, casi siempre agotador, cuando llegó Jessica una semana más tarde, con quien también congenié al momento, decía que parecía más un centro de concentración que de meditación, pero cómo nos íbamos a negar los “Help me, Help me, please” de Tan Anja…

Nos despertábamos a las 4.30h y empezábamos el chanting a las 5h, el de las mañanas era más corto que el de las tardes, por lo que permitía meditar un poco más. A las 6h una vez finalizado, nos dividiamos. Dos monjas y dos voluntarios (3 los domingos) iban al bintabat, es decir a recibir las ofrendas al mercado. El resto empezábamos con las tareas de limpieza y prepararábamos las mesas y bandejas para el desayuno. Una vez llegaban, a eso de las 7h, del bintabat, empezábamos a separar las comidas por: dulce, arroz, fruta y salado. Una vez hecho este proceso, las monjas escogían su comida y, después de que alguien tocase su mesa en señal de ofrecimiento de los alimentos (sino no podían empezar a comer), proseguían a bendecir la mesa. Mientras eso ocurría, nosotros, o al menos los que quisieran participar, vertíamos una botella de agua en cuenco pensando en cosas buenas y, cuando finalizaban la oración, teníamos que echar el agua en las raíces de algún árbol pensando en los mismo, con el fin de que esas cosas buenas crezcan y se desarrollen en tu vida. Ahora ya sí que podíamos escoger nuestro desayuno y comida.

Una vez desayunados, a eso de las 8h, recogíamos y limpiábamos la cocina y el comedor. Tan Anja, una monja súper maja y sonriente, siempre tenía alguna tarea que darnos y hasta las 11h trabajábamos en ello.

A las 11h empezábamos a preparar de nuevo las mesas, ya que comíamos entre las 11h y 11.30h, las bikhunis no pueden comer a partir de las 12h. Así que a las 12h – 12.30h recogíamos los platos, la comida que se dejaba por la mañana en la casa de los espíritus, y seguíamos con el trabajo.

 

En ocasiones teníamos una hora para descansar antes de que llegasen las 16h, hora a la que empezábamos a preparar la comida para los 13 perros que tienen en el recinto. Más tareas y a las 18h chanting, la verdad es que algunos días cuando acababa la meditación a las 19h, después de la ducha querías morir del cansancio, pero así dormíamos del tirón.

 

Alguna tarde de poco trabajo nos escapábamos e ibamos al mercado a por frutas, ya que así nos llevábamos algo a la boca a las 17h, y verduras para aquellos días que teníamos que cocinar. 

 

Esta era nuestra rutina.

 

Un par o tres de días después de mi llegada, vino un alemán, no era mal chaval, parecía majo, pero empezó a tocarnos un poco los huevos. Para que os podáis hacer una idea era el típico crío de 21 años, hijo único, egoísta y consentido que no ha trabajado en la vida y tampoco en su casa. Nunca había barrido ni fregado el suelo, y menos aún puesto una lavadora. Estaba muy estresado porque en la universidad en dos semanas ponen todos los exámenes. Muy bien crack, qué vida más dura…

Al principio mi nueva yo de la aceptación me decía, “déjalo, no tiene mal fondo, sólo es un crío mimado e irresponsable”, pero iba cargando.

Se limitaba a preguntar si podía ayudar cuando veía que ya finalizabas una tarea, y sino a decir “Hard work, hard work” por absolutamente todo. Una de las veces que más flipé es cuando decía eso por haber arrancado un par de troncos de bambú del estanque, mientras estaba sentado con los pies en el agua, y Claudia y yo sudando la gota gorda llevando la embarcación hecha con bidones y bambú que, en lugar de remos, se usa con unos palos de unos 3m de bambú que has de clavar en el lodo para impulsarte. “No sé Rick, parece falso”.

 

¿Por qué cuento esto? Pues porque cómo no, tuvo que salir a flote mi verdadera personalidad y llegó un momento en que me acabé discutiendo con él.

 

Empecé el Vipassana, sólo iban a ser tres días y me quería centrar al completo. Esta meditación enseña a disciplinar la mente, pues tienes que ser consciente de todo lo que ocurre a tu alrededor, pero concentrarte en que no te afecte ya que todo es impermanente. Mientras dura el vipassana no puedes hablar, es decir, no puedes mantener conversaciones, a no ser que sean transcendentales, pero sí comunicarte si es necesario de forma breve. No puedes gesticular en demasía, ni leer, escribir, escuchar música, etc., etc. De esta manera, tu mente no tiene forma de distraerse y empieza a focalizarse en ti, en tus sentimientos y pensamientos, que has de ser capaz de dejar ir. Una vez lo empiezas, no hay marcha atrás. Es como si le dieras al botón de centrifugar y se removiera todo tu mundo interior…

 

El primer día, fue el que mejor me fue en cuanto a meditación, conseguí calmar mi mente y llegar a un estado de relajación y paz que nunca había experimentado, pero duraba muy poco, tengo que seguir practicando pues no es nada fácil. 

El segundo, fue un caos. Todos mis sentimientos estaban a flor de piel, si llevaba días aguantando al alemán, más o menos sin problemas, ese día todo lo que hacía y decía me afectaba más, porque encima, aún sabiendo que estábamos haciendo el vipassana no dejaba de hablarnos, y para mi era una falta de respeto, pues yo me lo quería tomar en serio. Puede que los que me conocéis bien lo sepáis, soy una persona bastante protectora… Y tuvo un comentario mordaz e irónico con Claudia, empecé a ponerme roja y a temblar, y estallé. No le dije nada que no fuera cierto, pero no le sentó demasiado bien que le dijese que no entendía qué hacía en un centro de meditación si no se callaba la boca y además no hacía nada en absoluto salvo decir lo mucho que trabajaba cuando no movía un dedo. Tras la pelea me sentía fatal. Culpable por no haber podido reprimir esa parte de mi que tiene que decir todo lo que piensa, culpable por no ser capaz de evitar los conflictos, triste por estar lejos de la familia, lejos de los amigos, lejos de todos los que me importan y, ¿por qué, qué hacía tan lejos de casa? Lloré, lloré mucho hasta quedarme dormida y me desperté llena de calma y paz.

El tercer día fue espectacular, nunca me había sentido tan centrada, había sacado toda emoción guardada dentro y sólo sentía paz. El alemán se despertó con ganas de guerra y empezó a remeter contra Claudia y contra mi en el desayuno, pero yo le decía a ella que no valía la pena hacerle caso, no había nada que pudiese perturbarme. Por la tarde, hice las paces con él y todo volvió a la “normalidad”, él empezó a trabajar una barbaridad. Luego me enteré que después de la pelea había ido a ver a Punia, la monja ”suprema”, y ésta me hizo saber que le había abierto los ojos a hostias. No hay mal que por bien no venga, todos aprendimos de aquella pelea. Ese mismo día llegó Jesica, una catalana residente en Australia desde hace 6 años, la avisé de que no podía hablar puesto que estaba haciendo el vipassana.

En definitiva, acabó siendo una muy buena experiencia y es algo que quiero volver a hacer, pero hablando menos y sin confrontaciones.

 

Una vez finalizado, ya pude hablar con los nuevos voluntarios que iban llegando, que fueron muchos, cada vez el ambiente era mejor, pude empezar a conversar con Jesica y era alucinante la de cosas que compartíamos y lo bien que nos entendíamos. Esa tarde Punia dejó que fuésemos al mercado, empezó a diluviar y tuvimos que aguardar en un 7eleven hasta que paró de llover una media hora más tarde, luego continuamos con nuestro trayecto y, nada más llegar, la lluvia empezó de nuevo. Jesica y yo nos dimos prisa en comprar unas pocas frutas, algún dulce y unos sushis y nos fuimos a tomar una cerveza y a disfrutar de las tapitas que acabábamos de comprar. Fue una tarde muy agradable.

 

Los días prosiguieron y llegó el día libre, aleluya, lo necesitábamos de verdad. Claudia, Fiama (una argentina) y yo, fuimos hasta Bangkok a visitar el mercado de fin de semana, el más grande de toda Tailandia. Menudo laberinto… Comimos, nos tomamos un helado de coco que sabía a gloria bendita y nos hicimos un masajito en los pies mientras dejaba de llover, luego volvimos al centro.

Ese mismo día se fue el alemán y lo sustituyó otro chico, también alemán. Este, por suerte, no tenía nada que ver. Transmitía una mezcla de paz y alegría, era muy majo. El pasado año estuvo una semana en ese mismo centro, y este ha vuelto para pasar un mes o dos como monje. Tuve la sensación que nos volveremos a encontrar, ya os contaré si mi intuición no falla.

 

Ese fue mi último día en dhutanga, era luna llena, día de Buda, y estábamos emocionadas ante el ritual de las velas. Das tres vueltas alrededor de Buda con 3 inciensos, una vela y una flor de loto, pero iba a caer una tormenta por lo que decidieron no hacerlo. Salimos del chanting, pero Jesica y yo no estábamos conformes con no hacer el ritual, la lluvia aún no había llegado. Fuimos a ver a los cachorros y decidimos que iríamos las dos solas. Cogimos una vela y nos encaminamos a la escultura de Buda, una vez allí empezamos a caminar. Nadie nos había dicho qué teníamos que hacer, por lo que al terminar las vueltas no sabíamos si teníamos que dejar la vela encendida o apagarlas… Las apagamos y volvimos hacia las habitaciones, pero de camino nos encontramos a las monjas de camino, habían decidido hacerlo y los compañeros venían de camino. Así que volvimos para repetirlo todos juntos.Y menos mal, porque no tuvo nada que ver… Primero, las vueltas las hicimos hacia el lado contrario, esta vez, no sólo teníamos la vela, sino también el resto de las ofrendas, y empezamos a seguir las oraciones con las monjas. Una vez finalizadas las 3 vueltas, dejamos el incienso y vela encendidos, junto la flor, frente a estatua como ofrendas (otra cosa que habíamos hecho mal), y Punia, muy feliz y orgullosa, empezó a explicaros los grabados que estaban realizando bajo la estatua: En una cara, estaban sus padres; en otra, ella; y en otra, todas las monjas del centro que reían y disfrutaban viéndose retratadas en la historia del centro. Nos presentó al artista que había empezado el trabajo y le sacó los colores alabando su trabajo. Empezó a llover, pero habíamos podido realizar el ritual. Era hora de dormir, al día siguiente dejaba l centro.

 

Nos despertamos y fuimos al chanting, después de esto ibamos a aprovechar que algunas iban al bintabat para que nos acercasen a la carretera principal y, así, coger un truck. 

Claudia, Fiama y yo teníamos que ir hasta el aeropuerto. La primera iba a recoger a un amigo suyo, que venía de Brasil para pasar dos semanas con ella en Tailandia, Fiama tenía un vuelo a Chiang Mai y yo, lo mismo, sólo que tenía que ir al otro aeropuerto, pero las lanzaderas entre estos, son gratuitas, así que fuimos las tres juntas con tiempo. Tras el primer truck paramos a desayunar, ya que en el aeropuerto nos iban a sablar. Una vez desayunadas y habiendo pasado un tiempo con wifi, el cual aproveché para comprar un par de libros, cogimos el segundo truck hasta el tren. Una parada y ya estábamos en el primer aeropuerto. 

Fiama nos pidió que la acompañamos a hacer el checkin y, menos mal que fuimos y con tiempo, porque resulta que su vuelo era dos días antes. Total, había perdido el vuelo, y no sabía que hacer. La ayudamos a comprar otro vuelo, puesto que tenia el de vuelta. Por precio, le salía mejor ir a mi aeropuerto. Así que cogimos el autocar y media hora más tarde estábamos  en nuestro destino.

 

Volé a Chiang Mai y disfruté de la tarde. Me sorprendió lo extremadamente cómoda que me siento caminando por sus calles, como si me conociese la ciudad de toda la vida. Al día siguiente me iba al segundo voluntariado, una granja a casi 3h de la ciudad de Chiang Mai. Salí con tiempo para encontrar el autobús amarillo que me tenía que dejar en el pueblo. E iba siguiendo las señas de los lugareños que no atinaban a decirme cuál era, por lo que iba de bus amarillo en amarillo, preguntando por la granja, hasta que lo encontré. Disfruté de la lectura y de los paisajes hasta llegar a Happy Healing Home, el paraje era increíble. Me instalé en una cabaña espectacular con unas vistas de infarto. Bueno, espectacular si no te importa no tener ningún tipo de lujo, ni tener animalitos varios por la choza… A mi me encantó y me sentía muy cómoda, pero soy consciente que mucha gente no disfrutaría del lugar por la falta de comodidades. 

 

Teníamos dos cabañas pequeñas con los baños. Una tenía una letrina, y la otra la ducha, que consistía en un grifo y un cubo de agua que te ibas echando encima. La puerta de la letrina tenía una araña de unos 5cm amarilla y negra ¡preciosa!, pero siempre olvidaba el móvil par hacerle una foto.

 

Cortábamos hierba para alimentar a los búfalos, les encendíamos un fuego para la noche, alimentábamos a los gallos y gallinas y recogíamos los ingredientes necesarios del huerto y los árboles de alrededor para hacer la comida. Era un sitio totalmente auto sostenible en medio de una naturaleza impresionante. 

Pasé sólo tres noches, puesto que la segunda enfermé, supongo que por la gra cantidad de picante que se utiliza en la comida Lana.

No es la primera vez que me duele la barriga, pero nunca me había dolido con tantísima intensidad, llegué a pensar que quizás me había salido una úlcera por el picante… Sea como fuere, me agobié y quería irme de allí por si necesitaba ir al médico y porque no me sentía cómoda sin trabajar cuando justo había ido allí para eso. Decidí dejar la granja y volverme a Chiang Mai. Mis padres lo agradecieron, porque no sé qué paranoias se haría mi madre cuando vio mi casita y fue consciente que estaba casi en medio de la nada. Además, le conté que sólo había una voluntaria más que llevaba 6 meses allí y parecía muy triste, todas sus preguntas al ex monje estaban relacionadas con la culpabilidad y la vergüenza. Me daba bastante pena, la verdad, no parecía mala tía.

 

Reservé 3 noches en un hostal para tener habitación propia, no me apetecía tener compañía encontrándome mal. Pero al día siguiente ya estaba bien. Es lo que siempre suele pasarme, estoy un día en la mierda, pero al siguiente ya vuelvo a estar casi al 100%.

 

El primer día lo aproveché para sustituir mi vestimenta, ya que las tres camisetas que me había comprado para el Dhutanga y unos pantalones, estaban llenos de pintura, y otros, me los rajé en uno de los trabajos, mi vestuario quedó reducido a la mitad.

 

El segundo, lo dediqué a visitar templos por la mañana e ir al Mercado de los sábados por la tarde.

 

Ayer, mi tercer día, me apunté a un curso de cocina tailandesa y lo pasé de maravilla. Sólo fuimos tres personas, una pareja de ingleses muy simpática y yo. Cocinamos distintos platos y luego los compartíamos para probar un poco todo. Me dejaron en el hotel y tras una ducha y descansar un poco, me fui al mercado de los domingos. Si el de los sábados es más pequeño y se reduce, casi en su plenitud, a puestos de comida y gente local; el de los domingos es el más grande de Chiang Mai y tiene todo tipo de paradas, por lo que sobre todo hay turistas. Di un buen paseo, cené en sus puestos y cuando me disponía a volver al hotel, vi que habían unos músicos en una plaza, así que me pedí una cerveza y disfruté del espectáculo ya que desprendían muy buen rollo.

 

Y llegamos a hoy… Hoy me he cambiado de hotel, para que me salga más barato, no he hecho gran cosa, básicamente escribir y pasear, pero no es un viaje en el que quiera estar cada día haciendo turismo, sino vivir. He ido a reservar hora para hacerme un tatuaje, he comido en un restaurante vegano muy barato y con comida deliciosa y he vuelto a la zona del hostal, para continuar escribiendo sobre las experiencias de estas tres últimas semanas.



Lo sé, menudo tostón,¿no? Pues si te lo parece, ¡no lo leas!

Los próximos posts del diario no serán tan largos, pero en este había tres semanas que explicar.

 

Y como resumen, ¿qué es lo que me llevo de estas semanas?

En el Dhutanga:

  • He aprendido a valorarme. Me gusta la forma como soy, con la mala leche incluida, sí que tengo que saber controlar algunas situaciones y no decir todo lo que pienso si no voy a sacar nada en positivo, pero tampoco creo que tenga que cambiar muchas cosas. Si me da igual caer bien a la gente, no sé por qué me puede preocupar lo que piensen de mi. A la gente que me cae bien y con quien conecto, suelo caerles bien, así que, al resto, ajo y agua.
  • Me siento más segura de mi misma. He visto que tengo una de confort más amplia que la mayoría de gente. No me da miedo exponerme a nuevas situaciones y suelo reaccionar bien ante los problemas, por lo que he aumentado en seguridad en mi misma.
  • He visto que no soy una antisocial como solía decir, sólo que soy una persona bastante selectiva. Si una persona no me va a aportar algo o, de buenas a primeras, no siento una conexión, no me apetece conocerla.
  • Puede que tenga más de líder de lo que pensaba. Me sorprendió ver cómo en el centro muchas veces me venían a preguntar a mi sobre las actividades o sobre qué me parecía si hacían X. 

Por tanto, me voy con una autoestima más alta, más segura y confiada y con la mente totalmente en calma. No sabré qué quiero hacer en lo referente a lo laboral, pero todos mis valores e ideas están más firmes que nunca.

 

De Happy Healing Home:

  • A valorar la suerte que tenemos en occidente de tenerlo todo tan fácil. Muchas veces no tenemos en cuenta todo lo que hay detrás. En Barcelona, si quiero un café pongo una cápsula en la Nespresso y le doy a un botón, o pongo la cafetera, enciendo el fuego y sólo h de esperar unos pocos minutos. En la granja, si querías café, primero tenías que prepara un fuego, y mientras hervía el agua, moler el café con el mortero. Eso si había café torrado, porque sino, primero tenías que coger los granos de café y machacarlos en el mortero para romper la cáscara, separarlas de los granos con una bandeja de caña y luego torrarlo.

 

En Chiang Mai:

  • A vivir el momento sin pretender tenerlo todo planeado. Por pretender hacer planes, ahora tengo un vuelo de ida y vuelta, Chiang Mai- Vietnam, porque por narices tenía que ver aquí el festival de las luces. Pues bien, al final no voy a ir porque en mayo de este año decidieron restringir las áreas donde realizar el festival debido a los problemas que tenían con el tráfico aéreo, y hay plazas limitadas, total, que ahora se paga a partir de 100€ por ir al festival, por lo que no voy a ir.